Caracas

Caracas vista desde Los Samanes.

viernes, 7 de enero de 2011

EL CALVARIO

Pertenezco a una generación de caraqueños que no conoció El Calvario. Un sitio principal de nuestra ciudad que durante más de 30 años fue territorio de delincuentes, hogar del hampa. Pero desde abril de año pasado y después de una serie de trabajos de rehabilitación, limpieza, iluminación y seguridad abre sus famosas escalinatas y le suma a nuestra ciudad, ávida de espacios públicos, una excelente alternativa de disfrute con vista al valle.
El camino a El Calvario está empedrado de anécdotas, mitos y leyendas en una vida que alcanza los 128 años, desde que Antonio Guzmán Blanco, quien hacía sus largos paseos dominicales por esa sinuosa colina, decidiera erigir allí un parque estilo “francés”, desde donde podía dominar lo que entonces era nuestra ciudad y sus alrededores. Es de sobra conocida su debilidad por la arquitectura y los modos franceses. No pocas obras inspiradas en ese particular estilo de hacer arquitectura fueron las que nos legó “el Ilustre Americano”. Algunas de ellas son el Panteón Nacional, el Palacio Federal Legislativo, el Teatro Municipal, el Templo Masónico de Caracas, la Basílica de Santa Teresa, la Santa Capilla, así como las fachadas del Palacio de las Aca
Como todo buen caudillo en 1883 inauguró el nuevo parque con su nombre. De modo que, este lugar al cual una arraigada tradición caraqueña denominaba El Calvario –porque allí se dirigían las fervorosas procesiones de la Semana Santa– pasó a denominarse Paseo Guzmán Blanco. Personalismo puro. Pero esa denominación producto del egocentrismo no lo fue por mucho tiempo. En 1885, tras ascender Joaquín Crespo a la presidencia de la República el nuevo jefe de Estado le cambia el nombre por Paseo Independencia.
Egos van y egos vienen. Igual que estatuas, pero sobre eso volveré más tarde. Mientras tanto digo que a El Calvario llegué gracias a la guía atenta y paciente de Derbys López. Un venezolano nada egocéntrico que comparte generoso sus anécdotas sobre este y otros espacios de valor turístico y patrimonial de nuestra ciudad que lo motivaron a crear una organización, sin fines de lucro y con principios de preservación, denominada Fundhea, Fundación de Historia, Ecoturismo y Ambiente.
Así que Derbys, de hablar pausado y maneras gentiles va desgranando anécdotas a la veintena de caraqueños atentos que asistimos a esa cita vía Facebook y previo pago de 20 bolívares más que solidarios, fraternos con nuestros bolsillos devaluados. En su compañía y bajo la sombra de un frondoso árbol vemos un paisaje típico de Caracas: multicolor y heterogéneo.

Al norte se alza el Palacio de Miraflores, una mole blanca de tardío neo barroco francés. Detrás, hay un conjunto de edificios que nos hablan de viviendas emergidas entre los años ’70 y ’80. A un costado serpentea libre, El Metro, antes de adentrarse en la estación Caño Amarillo. Esa, cuyo nombre le viene tan bien porque es allí donde entra con fuerza la luz que no llega a las profundidades de la que fuera “la gran solución para Caracas” y se ha convertido en el gran problema. A ambos lados trepan, imparables, cientos de ranchos. Muchos de ellos cubrieron sus fachadas de ladrillo rústico con colores estridentes. Una pancarta nos cuenta que esta acción colorida es obra de un programa denominado Barrio Tricolor. Árboles y ranchos crecen a la par y alcanzan los monolitos del más conocido de los arquitectos venezolanos, Carlos Raúl Villanueva, que nacieron con el nombre de 2 de diciembre, entonces, fecha patria. Impronta caudillista de los años ’50. Ido Pérez Jiménez, la democracia los rebautizó como 23 de enero.

Coronando la cima está el Museo Histórico Militar. Más conocido por su condición de albergue post intentona golpista que por su museografía bélica. No he subido ni un solo escalón de las famosas escalinatas de El Calvari
o y cuánta historia hay a mis pies.

A mi espalda está el Arco de la Federación. Erigido por Juan Hurtado Manrique y Alejandro Chataing por encargo del presidente Joaquín Crespo e inaugurado en 1895 en conmemoración de la guerra Federal. Llama mi atención la estridencia del amarillo porque lo recordaba blanco, con ligeros toques de gris en cornisas y esculturas y así lo veo en todas las fotografías de la red y así lo certifica el informe de Funda Patrimonio. Pero no es este el primer trabajo de rescate actual en el que se pone en duda la veracidad cromática de la restauración.
Es chocante ese concepto de pintar lo “viejo” para que se vea “nuevo”. Abomino del esmalte gris concreto y allí lo veo cubriendo la pátina que ha dejado el tiempo sobre barandas y floreros. Me rio imaginando una cuadrilla de obreros galos –galón en mano y brocha en ristre– rumbo a las balaustradas del Puente Nuevo… El pueblo francés enardecido clamaría nuevamente por la guillotina. Pero el cielo es tan azul, la brisa tan fresca y la compañía tan grata que casi olvido el pecado de estos restauradores. La vista se pierde a lo largo de la ciudad y alcanza unas zonas retiradas adonde no llegó la brocha gris. Entonces, las barandas originales esplenden entre el verde musgo que pintó la humedad y el poro abierto de la piedra rugosa. ¡Una maravilla!
Coronando la famosa escalinata ya no está Colón. La apertura de El Calvario –que nuevamente cambió de nombre para llamarse “Parque Ezequiel Zamora”– pagó un precio, desapareció la estatua del almirante genovés que desde 1898 miraba a Macuro desde las escalinatas. En su lugar está Zamora, héroe federal y patrono del socialismo del siglo XXI. Así se perdió la segunda imagen de Colón porque, recordemos, la primera fue bajada a golpes de su pedestal en el paseo del mismo nombre, en las cercanías de la Plaza Venezuela.

Más adelante, la sombreada caminería se abre, rodea unos arbustos al bifurcarse. Derbys se detiene para contarnos que en ese punto del paseo los enamorados se dividían. La dama, los encajes de bolillo y el abanico por un lado; el caballero por el otro. Un ardid romántico festejando el encuentro de los amantes pocos metros más arriba. ¡Me pregunto qué haría entonces la chaperona!
Arriba nos espera “El Parnaso”, una de las cuatro plazas con que cuenta el paseo. Este era, espacio preferido por escritores, poetas y pintores de finales del siglo XIX y comienzos del XX que se reunían en torno al busto del músico venezolano Pedro Elías Gutiérrez para abonar con charla y tertulia al verde trópico con sabor afrancesado.

Otro de los monumentos imperdibles de este recorrido es la capilla ortodoxa “Nuestra Señora de Lourdes” obra de Hurtado Manrique, en estilo neogótico, y construida hacia 1885 por órdenes de Joaquín Crespo. La estatua de Guzmán Blanco popularmente conocida como “El manganzón” fue derribada por una turba luego que éste saliera del poder. La estatua de Bolívar, en la cumbre del parque se mantiene intacta.
Como subimos a pie merecíamos tomar de regreso el transporte que la alcaldía de Libertador acondicionó especialmente. Una suerte de tranvía del siglo XXI, abierto y rojo para desandar sin prisa el camino recorrido. Antes, nos detuvimos a comer empanadas acompañadas de juegos de piña en el Cafè Venezuela. Una terraza con vista al valle más agradecido de Sur América que bien vale una visita.

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